domingo 24 de diciembre de 2006

Ho, ho,ho...


He de reconocer que de espíritu navideño nunca he estado muy sobrada. A lo mejor es porque soy hija única, en Coruña no vive ningún familiar aparte de mis padres y mis abuelos y la cena de nochebuena no se distingue demasiado de otra cena cualquiera, sólo que con cantidades más grandes y teniendo que aguantar a Ramón García en la tele. O porque eso de estar feliz por imposición me repatea un poco. O porque al final satura oir todos los años los mismos villancicos y ver las mismas películas repetidas hasta el infinito ("Qué bello es vivir", "Eduardo Manostijeras", y chopocientos mil telefilmes de esos de "niño del que todos sus compañeros de clase se ríen porque aún cree en Santa Claus hasta que éste le ayuda a reconciliar a sus padres divorciados para pasar la Navidad en familia").
Para rematarla, como comenté alguna vez, debo de ser la única gallega que sufre morriña a la inversa. Lo lógico es que aquellos que están fuera echen de menos su tierra, se emocionen con el auncio de "El Almendro", y esas cosas. Y a mí me da una rabia tremenda tener que quedarme aquí disfrutando de las "entrañables fiestas familiares" (es decir, metida en casa muerta del asco) mientras los cabrones de mis amigos se van de sidras en Ávila y me llaman tajaos perdidos para cantarme "los pastores los pastores ande, ande, los pastores", o algo similar.
Precisamente, lo único que me hace ilusión es recibir mensajes y llamadas de la gente a la que no veo con frecuencia para felicitarme las fiestas. Sí, sé que es absurdo que te alegre una llamada con motivo de una fiesta que odias, pero así de rarita que es una.