El otro día encontré por Internet un artículo de
Javier Marías que me gustó:
( a ver si ha salido bien el link, que yo para estas cosas soy negada).
El caso es que lo leí, lo guardé y estuve pensando un rato en el tema, porque si echo la vista atrás y repaso mentalmente a los antiguos amigos que ya no lo son, con la mayoría vino a pasar un poco lo que explica Marías en su columna. Porque lo que son ex amigos de estos chungos, con los que terminas como el rosario de la aurora y a los que torcerías la cara si te los cruzas (y porque escupir no es de muy buena educación que se diga), apenas si he tenido un par. Cierta mosquita muerta a la que creía mi amiga en COU, pero que una vez me marché a la universidad me dejó de hablar y puso al resto del grupo en mi contra (sigo sin saber por qué); ciertas ex compañeras que me demostraron que a veces, dejar de compartir piso puede ser lo más parecido a un divorcio por las malas (de esos con luchas por la última cucharilla de café, calumnias en el juicio-o ante el casero-, y mentiras para predisponer a los amigos comunes contra la otra parte)... y poco más. Pero por regla general, la mayoría de amigos que han salido de mi vida se han ido sin grandes traumas ni escenitas. Con muchos, de hecho, ni siquiera llego a tener claro cuándo debo dejar de llamarlos "amigos" y convertirlos en "antiguos amigos".
En mi caso, como estudié a muchos kilómetros de mi casa, a algunas personas que en su día las consideré buenas amigas las perdí de vista por la distancia y la dejadez. Hoy en día, con el messenger, los sms y demás inventos es más sencillo conservar la amistad con la gente que está lejos, y hay personas a las que a lo mejor sólo veo cara a cara una vez al año, o con las que a lo mejor no llego a hablar en un par de meses, pero cuando nos encontramos es como si no hubiera pasado el tiempo. Sin embargo, aunque a los "imprescindibles" los conserves, suelen ser más los que desaparecen de tu vida que los que siguen al pie del cañón.
La principal razón por la que se van quedando amigos atrás, de todas formas, supongo que es lo que llamaríamos "distintos intereses", o "evolucionar de forma diferente". Es como cuando tienes catorce años y una amiga de toda la vida con la que llevas compartiendo pupitre desde primero de parvulitos. Pero ese verano cada una pasa las vacaciones en un sitio distinto, y al volver, una se ha hecho gótica, lleva colgantes con la cruz invertida y escribe fragmentos de Poe o Lovecraft en la carpeta, y la otra se ha echado un novio aficionado al tunning llamado Kevin, se lleva microfaldas a ras de chirri, tangas asomando por la cintura y dos kilos de maquillaje, y se pasa los sábados perreando en una discoteca de reaggeton. Y a partir de entonces, sin necesidad de que haya mediado bronca alguna, cada una por su lado. Como mucho, si son vecinas, se saludarán en el ascensor.
Distintas versiones (normalmente menos radicales) de esta situación se van sucediendo a lo largo de los años, en diferentes fases de la vida. A veces, cada amigo empieza a estudiar una carrera diferente y se junta más con sus compañeros de clase que con sus antiguos colegas del instituto. Otras, tú te vas a la universidad y entras en fase de "quiero probar cosas nuevas", y tu amiguísima deja los estudios, se casa con su novio de toda la vida y tiene un par de churumbeles. Aunque lo pongais todo de vuestra parte para seguir en contacto, y quedeis de cuando en cuando para tomar un café, pocas amistades sobreviven cuando una de las personas implicadas habla de viajes a Amsterdam con fiesta en el coffee shop, y la otra de su última discusión con su suegra sobre si es mejor la papilla casera o los potitos de nutribén. A lo mejor si le ponen ganas pueden conservar eso (la sesión de café una vez al año y la felicitación por navidad, la cena anual del viejo grupito de colegas del instituto), pero probablemente cada cuál acabe juntándose, para el día a día, con personas a las que sus historias cotidianas no le suenen a chino cantonés.
De todas formas, a medida que cumples años, y por lo menos en el caso de las mujeres, surge un tipo de amigas que he dado en denominar "amigas de soltería". Dícese de aquellas que, cuando están más solas que la una, se apuntan a un bombardeo (ya les puedes proponer salir de fiesta, ir a hacer rafting, peregrinar a San Andrés de Teixido o ir a comprar el pan a la esquina: ellas, como el perrito ese que se pone en la bandeja de atrás del coche, siempre dicen que sí a todo). Pero una vez dan con un incauto y se emparejan, desaparecen del mapa. Y no, no es que las veas menos porque deben de repartir su tiempo, es que prácticamente parece que se las ha tragado la tierra. A éstas, dependiendo del morro que le echen a la vida, o bien no las volverás a ver el pelo en la vida (con lo que engrosarán la lista de antiguos amigos) o bien volverán a llamarte cuando su relación termine (y eso puede ser tras varios meses...o años), hechas un mar de lágrimas, para que las ayudes a reinsertarse en la sociedad. Si estás muy necesitada de amigos, o si arrastras un fuerte complejo de culpa judeocristiano, que diría Sole la de Siete Vidas, producto de años y años de educación católica que te hace sentir ruin y malvada cada vez que plantas cara y dices "no", puedes compadecerte de ellas y ayudarlas a volver al mundo impar. Pero no te quepa duda de que en cuanto encuentren a otro pardillo, volverán a esfumarse. (Por cierto, ¿existe el equivalente masculino de ese tipo de amiga por interés?).
Lo bueno de este tipo de distanciamientos, de todas formas, es que suelen ser menos traumáticos que las clásicas puñaladas traperas. Lo malo, que un día te pones a echar cuentas y te das cuenta de que tu círculo de amigos se ha reducido una barbaridad en los últimos años, y que ni siquiera sabes decir por qué. Y ésa es (junto a la lenta recuperación de una resaca y que tus familiares mayores bromeen sobre el sexo delante de ti) una de las señales más irrebatibles de que ya has entrado en la edad adulta. Pues eso.