
En una escena de "Closer", Natalie Portman le preguntaba a Jude Law cuál sería su eufemismo cuando se muriera. Según explicaba, cuando alguien muere y tienen que hablar de él durante los actos fúnebres, como está mal visto aludir a los aspectos, digamos, incómodos de la vida del difunto, se recurre a términos eufemísticos para disfrazar ese "lado oscuro" de virtud propia de personas serias y formales. Así, si en vida era conocido por sus borracheras monumentales, en el panegírico se haría alusión a su "predisposición a la alegría"; si trabajaba vestido de drag queen en un night club llamado "la almeja traviesa" se diría que huía de los convencionalismos, y así sucesivamente.
De todas formas, si lo piensas, los eufemismos también los usamos en vida, aplicados a nosotros mismos, para disfrazar de cualidades nuestros defectos, o por lo menos, de simpáticos defectillos nuestros defectos gordos. Por suerte, es fácil establecer una correlación entre los defectos más típicos y sus eufemismos más habituales.
Así, por ejemplo, la típica persona que es capaz de montar un pollo tremendo, con gritos y amenazas de denuncia, al camarero novato que se ha olvidado de traerle la sacarina para el café, se describirá diciendo que tiene "mucho carácter". La que dice que es "muy apasionada" en sus relaciones es capaz de tirarle un vaso a la cabeza a su media naranja por intercambiar dos palabras con alguien del sexo opuesto. El típico tocahuevos que se dedica a sacar fallos a todas tus decisiones y a intentar convencerte de que no das una a derechas, se escudará en la excusa de que "yo es que soy muy sincero,y eso hay personas que no lo soportan". Yo prefiero decir que mantengo un "desorden creativo" a reconocer que soy tan rematadamente vaga que prefiero saltar por encima de la maleta cada vez que entro en el piso a vaciarla y dejarla en el armario.
Con los demás, en cambio, no solemos ser tan magnánimos en vida. Como mucho, extendemos esta fiebre eufemística a nuestras parejas, al menos en esa empalagosa fase inicial en la que no vemos (o no queremos admitir) los peores defectos del otro. Y así, convertimos al celoso patológico en "protector", al calzonazos en "bueno y desprendido", y llamamos "ahorrador" al que es más agarrado que un chotis. Claro que en estos casos es muy frecuente que estos halagadores términos den paso a la realidad una vez se pasa ese primer periodo de agilipollamiento feliz.
1 comentarios:
Cuanta razón tienes jeje. Muy buen post ;)
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