Yo pasé mi adolescencia en un colegio de niñas pijas obsesionadas con ser modelos o parecerlo: eran los 90, la época dorada de las top models, y Cindy Crawford o Claudia Schiffer cobraban una tarifa astronómica por poner morritos en una foto. Así que eran muchas las que aspiraban a presentarse al dichoso concurso de Elite, que entonces llevaba en España, si mal no recuerdo, la revista Ragazza, porque aquello parecía un auténtico chollo. Dos sonrisitas, un paseíllo en bikini y tacones, y a poner el cazo e ir de fiesta en fiesta rodeadas de guaperas millonarios. Sonreir para una foto o caminar resulta, y de lejos, más fácil que prepararte unas oposiciones a juez o sacarte la carrera de Medicina.
Y sin embargo, el concurso de Cuatro, más que a esas imágenes de lujo y vida regalada con las que nos reprogramaba la mente la "Ragazza" en mis años mozos, me recuerda a una mezcla entre "la chaqueta metálica" y alguna peli chunga de sobremesa sobre adolescentes captados por sectas, y el consultorio de Elena Francis. No se puede tener opinión propia, no se puede cuestionar nada, no se puede tomar decisiones sobre la propia imagen. Están a expensas de unos instructores que se dedican a pegarles gritos (pero a los que ni se les ocurriría mandar a tomar por culo), y que las acusan de "camioneras" si no ofrecen una imagen de señoritas totalmente femeninas las 24 horas del día. Y participan en una especie de ceremonia ritual en la que, como quien dice, se sacrifica a una doncella cada semana (y por favor, no interpretemos doncella en el sentido literal), oficiada por una especie de suma sacerdotisa chunga (la Judit Mascó, que al menos este año parece que ha aprendido a leer del prompter), a la que todos pelotean descaradamente.

éste es uno de los personajes que tienen que evaluar la belleza y el estilo de las participantes. La vida está llena de ironías y la televisión ni te cuento...
Si lo piensas, qué liberador resulta no depender de tu glamour para sobrevivir...
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